Birmania
Solo en una oportunidad acepte arrojar las monedas del I Ching, un poco por cortesía con quien me encontraba en ese momento; pero decididamente por lo que me encontré en la primera hoja del libro: el poema de Borges que encabeza este blog. El I ching o libro de las mutaciones es un libro oracular, enigmático, y supone un universo regido por el principio del cambio. No me quedó ni un recuerdo de aquellos oscuros párrafos que me leyeron del libro y que resultaron señalados como efecto de una extraña combinatoria de tres monedas arrojadas. Pero el título del capítulo leído se enlazo con algo: "El andariego" y he aquí el encabezamiento de estas notas escritas en viaje. Las entradas están ordenadas por país y en orden cronológico. En el cuerpo central están los escritos realizados a medida que se avanza en el camino. A izquierda fotos del lugar, curiosidades, sucesos del viaje y anécdotas. Las páginas están ordenados por país de algunos de los cuales solo hay registro fotográfico.
Birmania en pocos párrafos
Vale la pena ubicarse lo mejor que se pueda, lo aparentemente remoto en estos tiempos no está definido por la distancia. Hoy no hay lugar al que no se pueda llegar con alguna combinación de las variables de transporte: avión, micro, barco, taxi, bicicleta etc., etc. Y aunque no se tenga acceso por encontrase lejos de un centro urbano, o la pobreza haga imposible su acceso, difícil es encontrar alguna comunidad que por lo menos no sepa de la existencia de algunas de las formas actuales de comunicación: televisión, teléfono y hasta de internet. Ni desconozca alguno de sus productos más representativos como la coca cola, aunque no todos la tengan. Hoy lo remoto no se mide en kilómetros o en horas de viaje, podríamos definir remoto de varias maneras, o al menos eso se podría decir desde Yangon en Birmania.
La Unión de Myanmar, hace unos años llamada Birmania fue parte de Raj Británico en la India; ha atravesado en desde su independencia una historia de enfrentamientos étnicos y desencuentros políticos. Desde hace 30 años es gobernada por un conjunto de militares, y si bien hace un mes se celebraron elecciones, aun se mantienen restricciones a internet (no se puede acceder a los blogs, Hotmail o yahoo), a los celulares y a la televisión.
Aunque de práctica budista, Myanmar es un país multiétnico. Parte de las guerras que acosaron estas tierras se originaron por estas divisiones claramente visibles en sus vestimentas. Los Bamar (birmanos) mayoría (65%) gobiernan en la actualidad el país. Son grandes devotos budistas (de la corriente theravada). Sería lago mencionar cada etnia pero no son menos de 10, la división administrativa del país coincide con la presencia mayoritaria de cada una en las regiones geográficas.
Aquí no hay verano o invierno, las estaciones se dividen en seca o de lluvias, el calor agobia y el sol golpea fuerte. Eso explica un poco la indumentaria liviana, los “longyis” parecen ser muy cómodos y frescos. El zapato parece desterrado, el policía de calle, el oficial de inmigraciones usa nuestra clásica ojota, un poco por el calor y además como beneficio adicional es rápida para sacar en cualquier visita relámpago a la stupa mas cercana, algo muy frecuente aquí, y a la cual se ingresa descalzo aunque el sol transforme en brasas al piso.
La presencia budista no se disimula, monasterios desparramados por la ciudad albergan parte de los 600.000 monjes que tiene este país sin contar los niños y novicios, que con sus atuendos borravino y naranja oscuro siembran las calles con sus cuencos a cuesta. No piden nada solo sonríen. Socialmente se espera que todo varon birmano adopte una residencia monástica dos veces en su vida, una como samanera (monje novicio) entre los 10 y 20 años y otra como hpongyi (monje ordenado) en algún momento pasado los 20 años. Casi Todos los hombres participan en la shinpyu, ceremonia de los novicios, se trata de una ceremonia importante ya que una familia adquiere grandes méritos cuando uno de sus hijos “toma la toga y el cuenco”. Todo lo que posee un monje debe ser ofrecido por la comunidad, en la ordenación al nuevo monje se le da tres togas: infererior, interior y exterior. Las de color rojo vivo se les ofrece a los menores de 15 y las mas oscuras a los ya ordenados. Se les permite tener: una cuchilla de afeitar, una taza, un filtro (para mantener los insectos fuera del agua)un paraguas y un cuenco para la limosna. Dejo para otro momento ampliar sobre la vida monástica, en especial cuando se trata de mujeres.
Si algo hasta ahora destaca de esta gente es la sonrisa y la amabilidad, aunque el inglés sea escaso no lo es el interés de comunicarse.
Empieza el camino, ya aparecen los gestos, las costumbres, las particularidades.
Yangon
Yangon, antes llamada Rangún, da la impresión de un lugar destartalado, como a medio hacer. Edificios venidos a menos que pareciera no haber sido reparados desde que se fueron los ingleses. Un mar de cables telefónicos, se mezclan con bellas o ruinosas stupas (monumento religioso budista de forma cónica, macizo, que puede rematar en la punta con oro o piedras preciosas, suele decirse que las stupas o pagodas o payas, albergan reliquias budistas).
En la calle grupos de niños salen del colegio con su uniforme verde impecable, adolescentes y adultos, con sus vaqueros o sus “longyis” (tela arrollada que hace de falda usada tanto por varones como por mujeres) y sonrientes monjes caminan esquivando las diminutas sillas (como las de jardín de infantes!) de los omnipresentes “salones de te” callejeros.
La historia de esta ciudad está ligada a la de su gran stupa budista la Shwedagon Paya lugar santo de peregrinación, como muchos otros en este país. Dos hermanos recibieron de Buda ocho cabellos para que los guardaran en Birmania; con la ayuda de varios nats (espíritus muy importantes aquí) y el apoyo del rey los hermanos descubrieron una colina donde se guardaban reliquias del ya iluminado Buda. Luego del descubrimiento se construyó una pequeña cámara que albergaría a los cabellos pero una vez finalizada y al sacarlos del cofre de oro que los guardaba empezó un gran conflicto entre los hombres y los espíritus.
Los rayos que los cabellos emitían subieron hasta el cielo e incluso llegaron al mismo infierno. Los ciegos podían ver, los sordos oír, la luz del sol parpadeaba, todos los árboles del himalaya florecieron en invierno y cuantas milagros y echos asombrosos puedas imaginar. Luego, no entiendo porque, guardaron los cabellos ! ! ! Parece que tantas alteraciones no eran muy bienvenidas. Los guardaron la cámara que fue cerrada y enterrada bajo una gran lapida de oro y sobre ella so construyó otra stupa. sobre ésta se construyó otra stupa de plata y encima otra de cobre y sobre esta una de bronce y luego una de plomo y sobre el plomo una de mármol Por último, para sellar bien el lugar se armó una stupa de ladrillo.
De resultado de todo ello quedo una gran stupa sobre la colina.
La Roca dorada
Podríamos describir los acontecimientos en varios momentos:
Siglo XI; el rey Tissa recibe de manos de un ermitaño tres pelos de buda quien para que pasaran desapercibidos los había ocultado en su propio rodete. Al dárselos, le ordena al rey que buscara una gran roca cuya forma se pareciera a una anacoreta y que luego consagrara el pelo en lo alto de una stupa. El rey, que al ser hijo de un alquimista y una princesa naga (serpiente dragon) tenía poderes sobrenaturales, encuentra la roca en el fondo del mar. Al trasladar la roca y asentarla sobre la cima se encuentra, por la inclinación de la base y el frágil punto de apoyo, la necesidad de mantener el equilibrio de la gran roca. Para ello decide colocar en la base los pelos de buda a la manera de contrapeso. Con los pelos de Buda "atrapados" en la base y no encontrando otra manera de sostener la roca el lugar se transforma en santuario. Siendo esta piedra tan importante, los peregrinos empiezan a cubrirla con delgadísimas hojas de oro, con el paso del tiempo llega a quedar completamente recubierta en oro. No satisfechos, siguen cubriéndola hoy. Para algunos peregrinar, para otros subir la pronunciada cuesta de aproximadamente una hora del monte Kiaykito. Los arribados se congregan en un gran playón mirando una roca; una roca dorada. Son muchos, vienen de todo el país y de los cercanos: Camboya, Thailandia, China; Indonesia. Suben como pueden, al llegar y con las fuerzas que quedan cruzan lo que fue una cima de montaña, hoy transformada en meseta llena de santuarios, stupas, y de pequeños hospedajes que los alojan gratuitamente. No son pocos metros pero nada los detiene, habrá tiempo después para descansar y comer. La roca se encuentra apoyada sobre otra en una inclinación de temer, apoyando solo una pequeña parte su base. Pueden acceder a tocarla solo hombres, es cuestión de bajar unos peldaños y sentarse para admirarla. Hay que acomodarse en el poco espacio que hay como para hacerse de unos minutos para pegar con un líquido gomoso la finísima hoja de oro que viene entre papeles. No es sencillo, el viento vuela las hojas, el oro no se pega y el espacio reducido hace difícil la operación. Las mujeres, observan desde el playón central o desde una pasarela construida debajo de la roca; hay que admitir que el escenario provoca cierta admiración y se intuye que algo fuerte e importante está sucediendo. El monje se acerca, con su cámara me saca una foto y me pide que pose junto a su familia. Son tres mujeres Shan, del norte del país. Vienen vestidas con su ropa habitual: una falda y chaleco negro, una camisa blanca o roja, y su pelo cubierto con una tela arrollada de vivos colores. En su cintura un pesado cinturón de metal. Por sus caras esquivas, su dura sonrisa dan la sensación de estar como asustadas; acostumbradas a las zonas deshabitadas del norte posiblemente esto les resulte invasivo. El monje, les dice en su propio dialecto de donde vengo, lo lejos de Argentina y lo difícil del viaje, aunque seguramente hayan tenido que superar mas dificultades e incomodidades y hasta posiblemente les llevó mas tiempo. Solo miran, otros se acercan a observar y responden tomandose de las manos. Aunque la bajada sea a oscuras vale la pena la puesta del sol, la roca adquiere un amarillo intenso, vivo. Se encienden velas y alguna fogata sin que por ello se detenga el ritmo de los peregrinos quienes siguen estupefactos, alegres e hipnotizados mirando la dorada mole.
Lago Inle
Lago, las montañas, los jardines flotantes, la bruma de la mañana. En la costa los arrozales, los bueyes arando en la costa. Nada de esto podría adquirir la belleza que tiene si no fuera por los que habitan estas tierras y estas aguas en una conjunción donde el paisaje es un dato mas.
El lago es quien lo habita. En las sencillas canoas, angostas y casi chatas empujadas a remo, sonrientes y acalorados birmanos con sus sombreros cónicos de bambú dan vida al espacio. Viven en casas asentadas sobre pilotes conectadas entre si por el agua y sus botes. El lago está sembrado de pequeñas aldeas; al pasar, algunos se acercan por curiosidad o para ofrecer algún coco fresco. Un poco alejados, solitarios pescadores con su particular técnica de remo le dan movimiento al espacio. En la villas acuáticas un ancho canal principal aloja cada semana al mercado flotante para que desde sus pequeños botes vendan sus productos para comprar otros. No faltan los monasterios: muy antiguos, de madera oscura, con su monje a cargo y sus niños novicios que se divierten, juegan y estudian. Cada parada es un té y asombro. Todo parece detenido el tiempo, en la escenografía: un conjunto de sonrientes Budas, fotos de los monjes, la mesa con el te y un calendario de madera que consta de tres líneas paralelas de orificios donde marcan con pequeños palillos los diás, que hasta donde pude entender es regido por el calendario lunar. En tierra pequeñas villas imprimen al lago otro rito. Mas bullicioso, con su escuela su pagoda y mas vendedores que al paso insisten e insisten con sus recuerdos birmanos. En tierra el mercado, centro social rota al igual que en el agua, cada día de la semana entre los diferentes puntos geográficos costeros para que todos tengan acceso lo necesario. Está todos desde la anciana con supequeña montaña de cebollas o chiles a los profesionales del comercio con sus grandes bolsas de legumbres o tofu. Podrá ser por el calor o la costumbre, pero a las 12 empiezan a levantar sus mantas, primero la señora de los ajos luego los negocios mas completos. En una o dos horas el lugar quedará a vació a la espera del encuentro de la próxima semana. En el lago los pescadores con sus pequeñas redes comienzan desde temprano y no se van hasta la puesta del sol. Parados en un pie sobre sus canoas, golpean el agua con largos bambúes para luego arrojar la red. Un pie sobre la bote, el otro traba el remo y lo mueve para desplazarse en un ejercicio gimnástico y malabaristico mientras tira con sus manos la red. Con la caída del sol sus cuerpos delgados reflejan el cansancio del día de trabajo, están en el centro del lago y no se cuanto deberán remar si solo la lancha desde donde saco sus fotos tardará en llegar mas de una hora. A la noche y por dos dólares servirán ese pescado con una ensalada adobada con maní, otro pequeño plato de vaya uno a saber y el infaltable arroz. No se si desearles una lancha a motor, redes mecánicas o simplemente una buena pesca; la misma que hicieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos para que mantengan este lugar como es.
Mercados y aldeas. ¿Dónde está el shoping?
El lago está sembrado de pequeñas aldeas. Algunas son construidas en las orillas pero otras sobre el mismo lago. No se arman como casas flotantes, se apoyan en pilotes y se conectan entre si solo a canoa. A pedido, el chofer de la lancha las marca en el mapa y las recorre. Pequeñas, de aspecto sencillo y con marcada escases mercantil, solo se ven pocos negocios. Con las dificultades propias de la conjunción de modernidad y pobreza, y todavía nucleadas a partir de alguna etnía algunas mantienen todavía rasgos particulares. En una de las que están sobre la costa las familias trabajan la arcilla. Causa impresión ese caserío lleno de alfareros a casi dos horas de lancha. No hay nada mas que vasijas, platos o todo lo que la rueda girando permita hacer. No hay negocios, simplemente gente trabajando en su casa a la cual invitan a ver y por supuesto a comprar. Es tan irrisorio el valor que da vergüenza pagar. Otras trabajan la plata o el telar, estos un poco mas organizados arman pequeñas cooperativas y venden lo producido en Yangon o reciben los pocos turistas que, recorriendo en lancha el lago, se detienen tentados por el chofer por un simple y engañoso “te”.
Pero el lago vive, y lo que es un páramo poco habitado, sin negocios y todavía afortunadamente no pensado para turistas, se transforma cuando hay mercado.
El mercado es rotativo, hay todos los días pero va rotando de acuerdo a un cronograma que entre las distintas aldeas, mas grandes o mas chicas, van armando mensualmente. Puede ser flotante sobre el lago o en la costa. Ahí está lo básico, cada uno ofrece lo que produce o lo que revende. Y tiene todo el aspecto de ser un acontecimiento social importante. No hay estructuras, ni mesas. Simplemente un prolijo techo armado con madera y paja que, en las lluvias monzónicas evitará que se empapen. En algunos, pequeños pasillos se ordenan por rubro. Ropa, verdura, legumbres, dulces, suvenires; en otros se ordenen a medida que llegan y formando zigzagueantes senderos. Todos miran y sonríen como no entendiendo mi presencia allí. Es una experiencia de color, por el abanico de atuendos de las diferentes etnias que se pueden ver. No es una ropa para la ocasión, es la que usan diariamente; lo particular se da en el hecho que las aldeas se organizan por grupo étnico y cada grupo tiene colores marcadamente diferentes de los otros por lo cual solo aquí pueden verse las diferencias en especial en sus contrastes.
En la sucesión del días las caras de algunos comerciantes se repiten, incluso me avisan donde será el encuentro al día siguiente, esperando supongo, una nueva venta. Pasado el mediodía, armando lentamente sus bolsas de productos, todos se van yendo.
Camino a Kalaw
Del mercado del Lago salen unas pequeñas camionetas a la ruta mas cercana, a llegar a la intersección están las “paradas” de los “micros”. La incomodidad del viaje de tres o cuatro horas, en pequeños bancos improvisados en la parte trasera de una camioneta, se compensa con la sonrisa de las compañeras del viaje que comparten la fruta y la comida. Son ocho mujeres de diferentes edades que, a medida que avanza el viaje, van descendiendo en pequeños parajes del camino. Miran, sonríen, hablan en un lenguaje inteligible que suena calmo y melódico. Las señas solo alcanzan para comunicar el destino y agradecer la comida. Ni argentina suena en birmano. Pasados los minutos de camino, dos de las mujeres sacan de su billetera un billete de escaso valor. Frente a mi, sentadas dando la espalda a los costados del camino e imposibilitada girar, por la compresión de nuestros cuerpos con nuestros vecinos, pasa el dinero a otra que se encuentra mas cerca de nuestro guarda. El esta parado sobre el borde de la camioneta de manera que no vemos su torso, simplemente sus piernas. Nuestro transporte, cubierto, salta, tambalea, frena demostrando las habilidades equilibristas de nuestro vendedor de pasajes. Al aviso toma el dinero, y pasado unos metros lo tira en el camino.
Mi mirada se centra en la mujer y mi gestos intentaron preguntar sobre lo sucedido. Pero mi cara habla en castellano. Espero una reacción, pero no viene, solo otra oferta de comida. No estoy dispuesto a ceder curiosidad e intento preguntar, pero es en vano. Al rato la camioneta se detiene y otras dos pasajeras vajan. Hay mas espacio y movilidad. Luego de arrancar a los minutos nuevamente sacan su billetera en un proceso similar al anterior. Giro a mis costados, miro alrededor, no se si hacerlo a través de mi cámara o concentrarme atentamente a lo que pueda pasar. Esta vez no pasa el dinero gira sobre su hombro y estira la mano que sobresale fuera de la camioneta que aminora su velocidad. Mi compañera suelta el billete.
Nadie se sorprende, ni dice nada, ni al menos le avisa que se le cayó el dinero. A la vera del camino una improvisada tienda, llego a ver un hombre y dos chicas a a penas se las puede ver saludando. Las conoce? Les debe dinero? Interpreto una cara de despreocupación, no pareciera estar esperando un recibo o algo a cambio. Al pasar la camioneta la escena continúa. La chicas levantan el dinero que calló en la ruta y lo ponen en una bandeja metálica.
Al tiempo lo mismo, esta vez la camioneta casi se detiene ya que debió disminuir su velocidad por un gran pozo. Los actores son los mismos y los sucesos también. Una improvisada tienda, dos personas con bandejas que levantan el dinero, otro mirando con postura de jefe o encargado todo esto en el medio de una ruta de Birmania camino a un pequeño pueblo de no mas de 10.000 habitantes.
Posiblemente haya la misma sensación. Todo el tiempo se buscan explicaciones y entendimientos que alivien aunque sea la curiosidad, pero hasta hoy no es posible.
Muchos de los pasos en esta tierra son así.
Kalaw
La parada en esta pequeña ciudad de solo 10000 habitantes es una excusa para conocer el centro del país y sus diferentes etnias. Los palaung, intgha, shan, taungthu, danu kayah, danw y bamar habitan esta zona. Es una pequeña localidad camino a una gran ciudad. Entre bajas montañas, arrozales, carros llevados por bueyes, monasterios, secaderos de te, casas elevadas para protegerse de las lluvias del monzón y escuelas rurales; kalow es mucho más que un pequeño pueblo.
El lugar amigable y la hospitalidad hace fácil adaptarse al nuevo lugar. Una calle central de pocas manzanas con los negocios básicos, un par de hoteles, la pequeña estación del tren organizan el centro del pueblo. En las afueras se extienden selváticas colinas sembradas de pequeñas aldeas.
Hay varias rutas marcadas que parecen interesantes pero que buscar un guía para el recorrido.
Los negocios de la calle principal son salvo la farmacia, de ramos generales. Ofrecen la mas extraña variante de objetos sin orden, ni precio ni clasificación. Un pequeño local entre los demás presenta un gran mapa de la zona y me acerco a hablar. El que me recibe es un joven respetuoso con poca capacidad de venta, tal es así que su pequeño local en una calle lateral de la principal no anuncia absolutamente nada. Lo de “local” es la forma generosa de designar al pequeño espacio entre dos pequeños comercios muy bien provistos de comida. Al acercarse se ve el mapa con los alrededores con senderos y pueblos marcados, y dos pequeñas banquetas, me ofrece asiento y un te. Namtu es un profesor de matemáticas birmano que durante el período de vacaciones vuelve a su ciudad natal desde mandalay donde vive, para hacer de guía y ganarse unos dólares.
Es bajo, flaco y muy sonriente. Con su dedo en el mapa me propone un recorrido por las aldeas más representativas de cada etnia, los lugares en lo que nos detendremos a dormir, comer y conocer. Si en este pueblo solo hay un pequeño local con internet y dos máquinas para las que hacer fila, si la luz no se corta queda claro que por unos días no podré conectarme a relatar lo que vaya sucediendo. Solo prometió agua potable.
Camino por las aldeas
Alrededor de Kalow hay diseminadas aldeas bien diferenciadas, el rasgo que las identifica y 3ª distingue es la proveniencia étnica de sus habitantes. En todas se trabaja la tierra de manera rudimentaria, arando con bueyes en pequeñas parcelas claramente divididas. No hay otra manera que caminarlas, no hay rutas ni caminos solo senderos que se dividen y encuentran.
Cada lugar es una experiencia distinta y fascinante. El sendero atraviesa colinas, en el camino nos cruzamos con los habitantes del lugar cargados de leña o víveres. El paisaje es pacificador y el camino ameno. Si nos cruzamos con grupos de chicos, entre risas se acercan para acompañar un tramo. No hablan inglés pero se adivina curiosidad. Namtú hace de traductor hablan de su colegio y su familia y solo conocen la argentina porque Messi nació allá. Las Aldeas parecen organizadas, son sencillas pero demuestran cierta dignidad; las casas elevadas tiene paredes de madera con techos sólidos y son muy parecidas entre si. Las elevan por lo menos un piso porque, en épocas de las lluvias del monzón, entre marzo y agosto el agua baja con fuerza de las colinas y las casas se derrumban o quedan atrapadas en un mar de lodo.
Cada llegada es un pequeño alboroto, a veces los chicos se acercan para vender alguna tela o recuerdo. Imposible saber el nombre de los lugares, solo se representaban y diferenciaban por los colores y las características de los habitantes de cada lugar. Aparentemente todos de dialectos diferentes incluso desconocidos para el guía Namtú , las aldeas son un conglomerado de casas atravesadas por el sendero principal que las conecta. Al caminar entre ellas se abrían las ventanas y se alzaba una mano para saludar. Casi no vi hombres solo mujeres y niños que jugaban y corrían.
Un poco alejado de cada aldea está el monasterio. Espacios amplios, abiertos y con toda la escenografía y decoración budista. También elevados, completamente construidos en madera la mayoría estaba habitado por un solo monje. Al ingresar siempre ofrece un te y frutas, alguno dispuesto a hablar cuenta su historia. Escapado de joven de una guerra encuentra en su camino el monasterio donde es alojado. Hasta hoy vive allí de la caridad de sus vecinos.

El te es una invitación a compartir, siempre el futbol es un buen comienzo, muy actualizados los monjes comentan sobre messi y la argentina. El monasterio no es un lugar solitario, los monjes siempre están acompañados por sus vecinos que pasan para rezar o tomar algo de te. También están los chicos que juegan afuera al futbol; y en alguno un pequeño monje de diez o doce años hace de aprendiz. Luego del te, los saludos y los deseos de fortuna y paz continúa el camino.
Colina abajo la escuela, dos aulas y una maestra que hacía leer en voz alta del pizarrón. Pareciera que estuvieran rezando. Los pequeños se acercan y como siempre ríen. En sus bancos alargados donde entran cinco o seis de ellos nada mas que un cuaderno y un lápiz. Algún afortunado tiene además un manojo de colores. Mi presencia altera la clase con gritos y desorden y la maestra llama con dos campanadas al recreo.
Colina abajo la escuela, dos aulas y una maestra que hacía leer en voz alta del pizarrón. Pareciera que estuvieran rezando. Los pequeños se acercan y como siempre ríen. En sus bancos alargados donde entran cinco o seis de ellos nada mas que un cuaderno y un lápiz. Algún afortunado tiene además un manojo de colores. Mi presencia altera la clase con gritos y desorden y la maestra llama con dos campanadas al recreo.
Los saludos y la despedida es a cada uno, los miro fijo a los ojos desconociendo todo de ellos pero queriendo saber algo, algún rasgo o sello que me permita recordarlos antes de seguir camino.
Abajo está el baño, ordenado y limpio como la casa. La ducha se compone de un gran tonel de agua con una jarra agujereada. No está fría así que es un buen refresco para el calor y la caminata. La casa está sobre la ladera de una colina así que subiendo aparece el monasterio y un poco mas la cima justo para la caída del sol.
La cocina es un gran fogón sobre arena alrededor del cual la familia cocina y habla. Los chicos gritan y ríen a carcajadas. Namtú me dice que la hija del medio está nerviosa porque en dos días tiene un examen de matemática y va a estudiar con una amiga en la aldea vecina y parece que esta vecina tiene algún interés con su hermano mayor así que le estaba pidiendo que la acompañe, el chico solo se sonroja.
Al rato casi antes de la cena llega otro comensal. Parece que la casa funciona como alojamiento. Es un francés que escribe para la National Geograph y que suele parar ahí. La familia lo saluda con alegría y aparente sorpresa. La hija del medio, la mas expresiva, comienza a hablarle en francés. Namtú me dice que ella está muy contenta porque cada vez que viene puede practicar y recibir algunas clases. El francés está haciendo una nota sobre los bueyes, comenta el cuidado y la consideración que les tienen mas allá de la herramienta de trabajo que son y en especial los niños. Camina por los campos y casas sacando fotos y tomando testimonios y tiene como en este caso cuando baja el sol alguna casa conocida donde dormir.
Entre los jóvenes nos ponen la mesa para cenar, el francés me advierte que por mas que insista no voy a lograr comer con ellos, así que en un costado del salón van acercando pequeños platos que colocan sobre la mesa. La cena se sirve temprano, al bajar el sol lo que me hace pensar que el desayuno será luego del amanecer. Las camas están dispuestas a un costado del salón y son unas gruesas pieles que hacen de colchón, las familias dormirán en las habitaciones.
La mesa se ordenaba alrededor de pequeños platos de contenido indescifrable. Y solo cuando lo llevaba a la boca se distinguía si era carne o verdura pero no mucho mas. Aquello era un manjar, realmente lo era. Sabores desconocidos con semillas, verduras y salsas. No puede entender de que estaban hechos ni su preparación. Pero igualmente quedará grabado en mi recuerdo por su variedad, gusto y exquisitez. Así como a veces pasado el tiempo una imagen vuelve a nuestra cabeza o unas palabras retumbas en nuestros oídos un sabor se graba en nuestra boca.
A la mañana siente, con la luz se empezaron a escuchar las primeras palabras y los preparativos del desayuno y de la despedida.
Salimos colina a bajo camino a otras aldeas. En las parcelas inundadas se asoman las plantas de arroz, en las de color amarillo las espigas del trigo recientemente cosechado, otras comienzan a limpiarse a fuerza de un arado de mano y un buey.
Salimos colina a bajo camino a otras aldeas. En las parcelas inundadas se asoman las plantas de arroz, en las de color amarillo las espigas del trigo recientemente cosechado, otras comienzan a limpiarse a fuerza de un arado de mano y un buey.
A mitad camino, cerca del monasterio, el secadero de té. Grandes mesas al aire libre con las hebras al sol. El dueño de casa revuelve para que se secado sea parejo. Sus principales herramientas, sus manos, y su rostro están agrietadas, secas y arrugados como las hebras que se deslizan entre sus manos, pareciera que él y lo que produce se seca al sol.
No entiende bien de nuestra visita pero enseguida nos ofrece agua caliente. Su tierra es pequeña pero le da para su subsistencia. Produce té verde, típico de la zona y de oriente, nos cuenta a través de Namtú del proceso y del trabajo. Sus hijos miran la escena
No entiende bien de nuestra visita pero enseguida nos ofrece agua caliente. Su tierra es pequeña pero le da para su subsistencia. Produce té verde, típico de la zona y de oriente, nos cuenta a través de Namtú del proceso y del trabajo. Sus hijos miran la escena
El sendero continúa; bajo los árboles sobre un soporte bien construido y bajo techo hay unas vasijas con agua. Al finalizar la cosecha, y si es buena, el dueño del lugar cercano construye este abrevadero público para quien lo necesite en su camino. Al costado una jarra de la cual servirse. El agua se guarda en unas vasijas de barro cocido que la mantiene fresca y limpia y suelen estar cerca un frondoso árbol para dar sombra al caminante.
Mandalay
Si consideramos la longevidad de las ciudades de Birmania algunas medidas en miles de años, no nos equivocaríamos si dijéramos que Mandalay, (la segunda en población en este país) es la mas joven con sus apenas 150 años.
Durante siglos esta zona central de Birmania albergó a las capitales de los reinados, es decir que muy cerca están las viejas ciudades centrales ya abandonadas. Si bien moderna la ciudad mantiene la tradición budista con centros, payas y monasterios muy importantes. Además la ciudad es conocida por el arte de sus titiriteros. Como en toda gran ciudad, a diferencia de Kalow, es a veces mas difícil romper la distancia y acercarse a sus habitantes.

Aquí los espacios del encuentro son otros: el restaurant que no tiene menú en ingles, la camioneta que hace de colectivo, la espera en la función de títeres en el teatro, la pregunta de como llegar a la Paya o el té para hacer un descanso en el camino. A diferencia de otras zonas, Mandalay no está acostumbrada a los turistas ya que solo es una ciudad de paso.

Pese a todo la ciudad tiene algunos íconos que la representan, la colina de Mandalay y la Kuthodaw paya, donde se encuentra el libro mas grande del mundo.
La zona cental de manday es una llanura, por eso llama la atención y ha despertado muchas interpretaciones una muy pequeña colina muy bien delimitada donde por supuesto construyeron una stupa (monumento religioso budista) que contiene tres huesos de Buda. Hasta ahora teníamos los cabellos, los dientes y ahora los huesos.
Parece que Buda subió a la colina y profetizó que alguna vez se construiría ahí la futura capital del país. Según la leyenda acompañado de su discípulo Ananda, escalo la colina, durante una de sus visitas a Birmania y una vez en la cima anunció que en el año 2400 del calendario que lo regía, se fundaría una gran ciudad a los pies de la colina. En ese lugar hoy a un monumental buda parado con sus manos señalando al viejo palacio real. En nuestro calendario sería correspondería al año 1857. Para ese año el Rey Mindon hizo cumplir la profecía trasladando la capital aquí.Traslado que duró hasta la invasión inglesa.

El santuario de la cima de la colina esta complamente revestido con espejo y vidrio.
Sus edificios son en general recientes, modernos y con una visión comercial. Sus templos, algunos construidos con anterioridad a la creación de la ciudad, son lo único que acerca a la ciudad a la historia del país.
Aquí los espacios del encuentro son otros: el restaurant que no tiene menú en ingles, la camioneta que hace de colectivo, la espera en la función de títeres en el teatro, la pregunta de como llegar a la Paya o el té para hacer un descanso en el camino. A diferencia de otras zonas, Mandalay no está acostumbrada a los turistas ya que solo es una ciudad de paso.
Pese a todo la ciudad tiene algunos íconos que la representan, la colina de Mandalay y la Kuthodaw paya, donde se encuentra el libro mas grande del mundo.
La zona cental de manday es una llanura, por eso llama la atención y ha despertado muchas interpretaciones una muy pequeña colina muy bien delimitada donde por supuesto construyeron una stupa (monumento religioso budista) que contiene tres huesos de Buda. Hasta ahora teníamos los cabellos, los dientes y ahora los huesos.
| El buda parado señalando el palacio real. |
El santuario de la cima de la colina esta complamente revestido con espejo y vidrio.
Me habían dicho del libro mas grande del mundo y puede serlo, solo que no es de papel sino de mármol. El armado es contemporáneo de la fundación de la ciudad. El libro es el resultado del quinto concilio budista dicen que 2400 monjes en turnos sin descanso leyeron el libro tardando 6 meses. En 1900 se hizo una edición en papel que llevo 38 tomos.
El almuerzo de los monjes
Mandalay es una sorpresa. alrededor de esta joven ciudad aparece una Birmania diferente, la mas antigua la de a pié.
Sagaing es el hogar de mas de 500 stupas y aún mas monasterios y templos además de 8000 monjes.
El lugar debe su nombre a los árboles que cuelgan sobre el río y fue capital de uno de los reinos que existieron aquí cerca del 1300. Es un lugar para la meditación y la devoción. Y basta caminar sus calles para encontrar pegados uno a uno monasterios, escuelas, templos y stupas. No hay otro color que el borravino de las túnicas de los monjes. Los lugares son completamente abiertos y se puede ingresar mientras la vergüenza y el reparo lo permita.
Por supuesto que en la marea roja de las túnicas una remera verde casi fluo de Nike llama la atención, la verdad pensé más en la comodidad de una remera con tela liviana y absorbente que en lo conveniente de pasar desapercibido además de nunca me imaginé semejante escenario. Igualmente jugó a favor al asomar la cabeza en alguna clase o monasterio soy saludado e invitado a ver.
La mayoría son jóvenes que pasan por lo menos un año de sus vidas aquí enviados por sus familias. Es algo bien visto en esta cultura además de estudiar y formarse en los principios budistas, estudias inglés y otras materias.
Uno de los centros en un pequeño complejo de cuatro o cinco edificios de un piso. En la entrada dos columnas sostienen una inscripción en hierro forjado que parece antigua Un grupo de monjes de no mas de 20 años me saludan, están saliendo al correo. En las manos de cada uno cartas para sus familias
Caminan con sus libros y al sonar de una campa van ingresando a sus aulas. Cada edificio es diferente, pero todos en la planta baja tienen un gran salón. Las aulas no tiene bancos son un gran salón donde los monjes alumnos están sentados en el piso con sus libros leyendo en voz alta. Adelante el maestro los mira atentamente, en alguna y bajo un silencio que parece poco solemne pero atento, habla a sus estudiantes.
No todos están en clase, algunos que están afuera estudian o lavan su ropa que cuelgan en largas sogas. Otros se bañan en duchas armadas en pequeños boxes al resguardo de la intimidad pero que les permite asomar la cabeza y mirara alrededor. Vienen de diferentes partes del país y no pagan nada por está aquí, la estructura se sostiene a partir de donaciones de algunas familias y de los pocos visitantes que llegan por acá.
Al mediodía cada centro se organiza para para comer. El comedor es un gran salón que parece centralizar la comida de varias manzanas a la redonda. Es toda una ceremonia. Cada monje con su cuenco se acerca en una ordenada fila mientras suena una campana. Son realmente muchos y el silencio no reina durante la comida, hay un animado bullicio. No hay sillas, Se sientan sobre almohadones, la mesas son tablas apenas elevadas con un colorido mantel de plástico. El ingreso es en fila y un orden dado por la edad. Los ancianos entran primero los niños últimos, en el medio todo el abanico de edades. Nadie organiza ni ordena, la fila se arma unos cientos de metros atrás y luego se respeta casi como si usaran una regla. Para cuando parecen llegar los treintañeros algunos ancianos ya habían salido y hacen sobremesa en el patio y para cuando los niños ingresaron, si bien el salón siempre sigue lleno, afuera ya se están retirando a sus habitaciones para el descanso.
Adentro también se ordenan por edad las mesas mas cercanas a la entrada son la de los mayores y cuanto mas alejada mas joven son, al final todavía había adultos hablando y los niños recién habían empezando.
El menú consistía en un plato de arroz blanco, un preparado con verdura y agua. Es muy difícil trasmitir lo que aquí sucede estando en viaje y luego tener que escribirlo en poco tiempo, los detalles y el relato exhaustivo quedará para otro momento.
Ngapali
No hay que confundirse en la ubicación de este país. Hasta ahora el recorrido que se inició en Yangón y siguió los pasos al norte del país, a la zona mediterránea. Birmania tiene también sus playas. Su vecina Tailandia es famosa por sus aguas turquesas, sus palmeras y sus blancas playas. Resulta que las fronteras y la fama nos confunden. La península por la que Tailandia es mundialmente conocida es compartida en sus fronteras con Birmania, Malasia y Singapur. Es decir que la misma agua, las mismas palmeras, el mismo turquesa está en este país.
El avión aterriza en Ngapali, una de las tantas playas Birmanas, frecuentada por la clase alta de este país y casi sin presencia extranjera que prefiere los servicios de la vecina Tailandia.
La región se sostiene por el turismo y la pesca. A lo largo del camino que sale como a continuación de la pequeña pista de aterrizaje, se encuentran los hoteles que, dando la vista al mar, dan sustento a la muy pobre población de la zona. La pesca los alimenta y les permite conseguir dinero de lo poco que pueden vender a los hoteles o turistas, esa es toda la industria.
El lugar es plácido, reconfortarte y muy bello. Los empleados se esfuerzan por brindar el servicio mas occidental posible, borrando todo lo que a Birmania se pueda referir. Hasta entre ellos hablan en inglés. El "resort" está compuesto por una serie de habitaciones, al estilo cabaña, mas grandes que cualquier casa que haya visto por aquí. El dueño, o principal accionista está unos días verificando la prestación del servicio y armando el nuevo libro y página web del hotel para promocionarlo con fotos actualizadas. No está solo, lo acompañan un fotógrafo profesional y un ayudante. Con un importante equipo profesional preparan una serie de fotografías del hotel. Nunca, pero nunca revelaré la dirección web ni el nombre del lugar, pero puedo decir que si algo le faltaba al final este viaje para transformarlo en algo extraño era trabajar de modelo. No es precisamente la idea este blog escribir sobre esas experiencias pero si lo que esas fotos me posibilitaron. No estoy hablando de alguna cena o algún vino sino de compartir momentos diarios, resultó una experiencia interesante, mucho mas que unos días de playa.
El pueblo se extiende a lo largo del camino que bordea la costa, a los costados, grandes lonas hacen de secaderos de pescados y algas. Alejadas de la vía principal casas desparramadas, pobres, de niños corriendo descalzos que sonríen al paso. Cayendo la noche se ve caminar por las calles que dan a la costa a los pescadores que con sus pequeños botes saldrán durante la noche a buscar su sustento diario. Desde la playa se pueden ver puntos iluminados en el horizonte, como estrellas, son decenas de pequeñas lanchas que salen a buscar lo que al día siguiente será mi costosa cena.
Ngapali II- trabajando
No es común ver extranjeros en Birmania. Un país cerrado como este, poco conocido turísticamente no lo hace muy visitado por occidentales. El turismo principalmente es interno y de algunos visitantes chinos que por alguna razón no eligen la vecina Tahilandia. Tan cerca de las famosas playas Tahilandesas, Ngapali es un playa muy frecuentada por birmanos pero casi desconocida en la agencias de viajes. Ni bien llegados al hotel, frente al mar, casi en el mar. Uno de los mas reconocidos por las comodidades de las habitaciones y el servicio, nos encontramos con una excelente recepción y con el personal del hotel un poco alterado por la visita de uno de los dueños del complejo. En realidad el hijo de uno de los socios. No venía solo; acompañado y asesorado por un fotógrafo profesional, venia dispuesto a rearmar toda la presentación del hotel tanto en la página web como en la propaganda y publicidad. Además un ayudante para llevar todo el equipo fotográfico: cámaras, lentes, espejos etc. etc. El primer día se dedicó a las fotografías de los diferentes ambientes y sectores del lugar. La sorpresa fue cuando nos invitó a ser modelos.
Si algo faltaba para finalizar es viaje era terminar siendo parte de la propaganda del hotel. La experiencia fue ante todo extraña pero divertida. Nunca había atravesado una experiencia así, si bien no llevaba mucho tiempo y el ofrecimiento fue relajado sin compromiso pero con profesionalidad valió la pena sentir la sensación de estar del lado de un lugar de la cámara en el cual habitualmente no me gusta estar.
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