Solo en una oportunidad acepte arrojar las monedas del I Ching, un poco por cortesía con quien me encontraba en ese momento; pero decididamente por lo que me encontré en la primera hoja del libro: el poema de Borges que encabeza este blog. El I ching o libro de las mutaciones es un libro oracular, enigmático, y supone un universo regido por el principio del cambio. No me quedó ni un recuerdo de aquellos oscuros párrafos que me leyeron del libro y que resultaron señalados como efecto de una extraña combinatoria de tres monedas arrojadas. Pero el título del capítulo leído se enlazo con algo: "El andariego" y he aquí el encabezamiento de estas notas escritas en viaje. Las entradas están ordenadas por país y en orden cronológico. En el cuerpo central están los escritos realizados a medida que se avanza en el camino. A izquierda fotos del lugar, curiosidades, sucesos del viaje y anécdotas. Las páginas están ordenados por país de algunos de los cuales solo hay registro fotográfico.

La Roca dorada

Podríamos describir los acontecimientos en varios momentos:

Siglo XI; el rey Tissa recibe de manos de un ermitaño tres pelos de buda quien para que pasaran desapercibidos los había ocultado en su propio rodete. Al dárselos, le ordena al rey que buscara una gran roca cuya forma se pareciera a una anacoreta y que luego consagrara el pelo en lo alto de una stupa. El rey, que al ser hijo de un alquimista y una princesa naga (serpiente dragon) tenía poderes sobrenaturales, encuentra la roca en el fondo del mar. Al trasladar la roca y asentarla sobre la cima se encuentra, por la inclinación de la base y el frágil punto de apoyo, la necesidad de mantener el equilibrio de la gran roca. Para ello decide colocar en la base los pelos de buda a la manera de contrapeso. Con los pelos de Buda "atrapados" en la base y no encontrando otra manera de sostener la roca el lugar se transforma en santuario. Siendo esta piedra tan importante, los peregrinos empiezan a cubrirla con delgadísimas hojas de oro, con el paso del tiempo llega a quedar completamente recubierta en oro. No satisfechos, siguen cubriéndola hoy. Para algunos peregrinar, para otros subir la pronunciada cuesta de aproximadamente una hora del monte Kiaykito. Los arribados se congregan en un gran playón mirando una roca; una roca dorada. Son muchos, vienen de todo el país y de los cercanos: Camboya, Thailandia, China; Indonesia. Suben como pueden, al llegar y con las fuerzas que quedan cruzan lo que fue una cima de montaña, hoy transformada en meseta llena de santuarios, stupas, y de pequeños hospedajes que los alojan gratuitamente. No son pocos metros pero nada los detiene, habrá tiempo después para descansar y comer. La roca se encuentra apoyada sobre otra en una inclinación de temer, apoyando solo una pequeña parte su base. Pueden acceder a tocarla solo hombres, es cuestión de bajar unos peldaños y sentarse para admirarla. Hay que acomodarse en el poco espacio que hay como para hacerse de unos minutos para pegar con un líquido gomoso la finísima hoja de oro que viene entre papeles. No es sencillo, el viento vuela las hojas, el oro no se pega y el espacio reducido hace difícil la operación. Las mujeres, observan desde el playón central o desde una pasarela construida debajo de la roca; hay que admitir que el escenario provoca cierta admiración y se intuye que algo fuerte e importante está sucediendo. El monje se acerca, con su cámara me saca una foto y me pide que pose junto a su familia. Son tres mujeres Shan, del norte del país. Vienen vestidas con su ropa habitual: una falda y chaleco negro, una camisa blanca o roja, y su pelo cubierto con una tela arrollada de vivos colores. En su cintura un pesado cinturón de metal. Por sus caras esquivas, su dura sonrisa dan la sensación de estar como asustadas; acostumbradas a las zonas deshabitadas del norte posiblemente esto les resulte invasivo. El monje, les dice en su propio dialecto de donde vengo, lo lejos de Argentina y lo difícil del viaje, aunque seguramente hayan tenido que superar mas dificultades e incomodidades y hasta posiblemente les llevó mas tiempo. Solo miran, otros se acercan a observar y responden tomandose de las manos. Aunque la bajada sea a oscuras vale la pena la puesta del sol, la roca adquiere un amarillo intenso, vivo. Se encienden velas y alguna fogata sin que por ello se detenga el ritmo de los peregrinos quienes siguen estupefactos, alegres e hipnotizados mirando la dorada mole.